Lo nuestro era un amor de culto, no apto para todo público, una relación de película porque lo tuyo era el cine. Soñabas con tener el Garbo de Greta y la Gracia de Kelly. Y no es que fueras exactamente una femme fatale, ni yo Marlon Brando. Pero no había nada que reprochar, los productores de esta historia no tenían para más. Algún guionista decadente te dictaba sus ideas. Tú hacías las veces de directora mientras me acompañabas en el plató, y yo me defendía como podía, sin extra alguno que me respaldara en las maromas que el libretista loco en tu cabeza me obligaba hacer.Odiabas las comedias románticas, por eso cuando llegué a tocar a tu puerta, con la conocida excusa de la taza de azúcar, gritaste: ¡Corten! Y la escena se repitió.
Allí estaba yo, saliendo por la ventana de mi apartamento a siete pisos del mundo. El trato era que yo debía entrar por la ventana de tu habitación y pedirte que me ocultaras de unos agentes del F.B.I. que querían investigarme por presuntos nexos con extraterrestres o Al Qaeda. Sin poleas ni arnés alcancé tu ventana…
¡Corten!
…La ventana estaba atascada, yo a siete pisos de mi integridad y tú en mi apartamento animándome a que hiciera el recorrido de vuelta, con un té de manzanilla en las manos.
Por lo menos nos entendíamos en la cama, o eso creo. Siempre lo dudé por tu notable habilidad en las artes escénicas. A veces te inventabas algún pretexto para llegar tarde a casa e intentar conseguir un traje como el de Liza Minelli cantando Mein Herr, o el de la Hayworth en Gilda. Y mientras te quitabas el guante soñando ser Rita, yo le echaba la culpa a la Madre Naturaleza por el terremoto de San Francisco, por Rita Hayworth y por tu striptease. ‘Put the blame on Mame, boys, put the blame on Mame'; cantabas.
No logré entender que tenías en la cabeza. Siempre te veía por ahí, tranquila y de repente se te antojaba algo. Así fue como llenamos un cuarto de canarios para que tú pudieras sentir el horror de Tippi Hedren. Fue una lástima que terminaran revolando por toda la casa mientras cerrábamos las ventanas.
-Algo de espontaneidad no vendría mal- te propuse y…
¡Acción!
El florero estrellado contra el muro, un sofá volcado en la sala, a la vez que tú recitabas las líneas premeditadas: que lo tuyo era el cine, que te dejara vivir en tu película, que qué sucedía con todo el mundo que querían convertirte en lo que tanto odiabas. Yo, en un intento de salvar mi pellejo de tu histeria, salí corriendo del apartamento rumbo incierto. Grave error, el melodrama apenas comenzaba: mi ropa lloviendo desde el balcón, los cigarros esparcidos al viento, tus frases aventadas por la calle y los vecinos señalando al pobre desgraciado que yo representaba.
-¡Mujer, la tele no!- te grité- entiende que lo nuestro no es más que una B-Movie, una pareja de bajo presupuesto.
Y así es como salgo de tu película, con sangre de la de verdad porque no había para más. Tú sin tele, yo sin ti.
Te ves bien en pantalla grande dando vuelcos por los balcones, escapando de los policías que ahora van a tu encuentro. El enfoque a tus pantorrillas para desorientar al cerdo portero es casi tan impresionante como el brazo descubierto de la Haythworth. Corre mujer, corre. Haz autostop por las carreteras. Yo entretanto iré por algún refresco. Cuando vengas trae una antena nueva para la tele y popcorn que ya no tengo. En los créditos nos vemos.
