“Comienza por admitir que de la cunaa la tumba no hay un largo camino,
la vida, amigo mío, la vida es un cabaret,
¡y yo amo el cabaret!”
Cabaret (1971)
La escena es la siguiente:
Mi madre sentada en el sofá de la sala de mi casa, toma una cajetilla de cigarrillos que pertenece a mi tio Luis, la abre, apresa un purillo en sus deditos regordetes, hace una manera cómo las de Catherine Zeta-Jones en Chicago, un movimiento complejo, algo así como: El cuello se estira, quedan los labios encaramados en un mentón que da sensación de seguridad, el cigarrillo entre los dedos índice y corazón es movido por una oscilación de la muñeca, similar al de las geishas con sus abanicos o las venias de los actores de teatro pero al revés, pues no es de humilde agradecimiento sino de insolente irreverencia…
¡Corten, corten! Para no complicar más las cosas voy al centro del asunto:
Mi madre sentada con el cigarrillo –aún sin encender, jamás se encenderá-, con aire de Femme Fatale dice:
-Ah, esa es mi gran frustración, no aprendí nunca a fumar. Yo, con veinte añitos menos, no me volvería a casar. Me pintaría las uñas rojo sangre toro, que combinen con los labios. Unos tacones bien altos, un vestido negro. Así toda desparpajada, toda… Cabaretera.
Y pronuncia la última palabra como si supiera a arrabal, a tango, and all that jazz!:
-Cabaretera- remojar los labios, cruzar las piernas. Combinación de Scarlett Johansson y Sharon Stone.
El Cabaret… Cabaré, dice la R.A.E., es un lugar de esparcimiento donde se bebe y se baila y en el que se ofrecen espectáculos de variedades, habitualmente de noche.
Ahora entiendo, difiere del Burdel con el que tantas veces se le ha confundido.
Entonces, lo que mi madre quería era ser mujer de taberna, cigarrillos, lápiz labial. De esas a las que las señoras camanduleras no les pierden el rastro, más por envidia que por cualquier hostigamiento a la moral o a la entre pierna de sus maridos.
La imagino como Liza Minnelli cantando ‘You have to understand the way I am, Mein Herr. A tiger is a tiger, not a lamb. Mein Herr. You'll never turn the vinegar to jam, Mein Herr’.
Ah, ‘qué cosas hermano, que tiene la vida’ dice un tango, ‘qué cosas tener que llorar’ responde otro. Qué cosas. Pero con los años no queda tiempo para lamentarse. Cabaretera es un sueño, la vida es otra cosa. La Vida, ¿Qué cosa más extraña, qué carajos es La Vida?
Me basta la definición de la Minnelli cuando interpreta a Sally Bowles en Cabaret (1972): “La vida es un Cabaret, viejo amigo”.
Cabaret, ¡ah!, seguro Emily Dickinson diría que es una de esas palabras a las que hay que quitárseles el sombrero. Cabaret: una silla iluminada con un reflector en mitad de un escenario, corsés negros, encajes, piernas largas y delgadas, humo, cigarrillo, alcohol, pastillas antidepresivas…; no encuentro otro cliché para añadir.
Meine Damen und Herren. Mesdames et Messieurs, Ladies and Gentlemen, Damas y Caballeros, con ustedes la internacional, la sensacional: Sally Bowles.
Y en mitad del escenario, Liza Minelli, los ojos más tristes que puedan existir en el mundo, ¡no exagero!, interpretando a Sally Bowles y bajo la dirección de Bob Fosse, guionista original del musical Chicago, adaptado al cine en 2002.
No quiero hablar mucho del argumento de la película, prefiero que la vean. Para eso fue todo este escándalo. Recuerden: CABARET de 1972. Aquí un numerito que puede antojarlos más: