"Yo no sé hablar como todos, mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos,

de donde no es, de los encuentros con nadie.

¿Qué artículos de consumo fabricar con mi melancolía a perpetuidad?"

Alejandra Pizarnik


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miércoles, 29 de septiembre de 2010

¡Bang!

¡Bang!

Y lo que alcance a imaginar. Le propongo dos opciones desde una misma ventana: a la derecha un nevado, a la izquierda, y más cercana, una cárcel.

El guardia, el procesado por violar a su hijastra, el que hace dos meses acuchilló a otro recluso cuando se recuperaba de una cirugía del corazón, un escapista reincidente o el desesperado por la prohibición de las visitas conyugales.

¿Quién disparó?

El nevado, un gato cau.te.lo.so caminando entre los carros del parqueadero, la bandada de pájaros que acaba de pasar chillando -no se ve, se escucha, esta noche se escucha: ¡bang!-, quizá yo que ahora escribo, o usted, si se somete a mi relato.

En todo caso hay un hombre muerto en la sala de este apartamento que es un octavo piso y tiene una ventana desde la que se divisa a la derecha un nevado, a la izquierda una cárcel, abajo un parqueadero donde maúlla un gato cau.te.lo.so entre los carros, y el silencio del cielo oscuro, fracturado por la bandada de pájaros.

¡Bang!

Eso le propongo. Y lo que alcance a imaginar.

Si, lo sé, soy el principal sospechoso al estar el hombre muerto en la sala del apartamento donde ahora escribo.

Ampliemos la escena del crimen: estoy recluido, realmente apresado en setenta metros cuadrados, a ocho pisos del suelo de una ciudad que de tanto empinarse está llena de huecos. Una ciudad fabricada para gatos. 571,84 kilómetros cuadrados cau.te.lo.sos cautelares, medida de aseguramiento, cárcel, empinarse-nevado, ahuecarse-correccional.

Caminar o escalar, da igual. No se va ni se viene, aquí se sube o se baja. Se trepa para mayor precisión. Es como caminar por un sardinel cuando se regresa del colegio y se juega a llegar a la esquina sin caer del borde de la acera, entonces se pone a prueba la estabilidad y de estar tan alto se altera el equilibrio. Sólo que en este caso no hay esquina, es un sardinel perpetuo. Y la nariz siempre fría, casi húmeda, como la de los gatos.

388.525 presuntos implicados, más yo. Súmese al censo.

Pero le miento, o no, juzgue usted mismo con lo que alcance a imaginar: el hombre está muerto en la sala de mi casa, la cárcel a cien metros, el nevado es un nevado o un volcán, depende de su culpabilidad, no estoy seguro de que lo que se mueve allí abajo sea un gato porque debe tener la nariz fría como también la tienen los perros. Gato, perro o lechuza, porque la lechuza parece un gato con plumas, o el gato es un búho con pelo y lo que grazna en la noche oscura puede ser entonces un gato emplumado o los gallinazos que esperan que el muerto se cocine más. Se multiplican los actores, se doblan sobre sí mismos. ¡Bang!

Pero usted es el único culpable de que esto no haya terminado como debía. O yo por dejarlo todo a su imaginación que se ha mostrado tan obstruida esta noche. Lo que alcanzó a imaginar no le permitió siquiera acercarse al cadáver de aquel hombre, por eso no reparó en la ventana en perfecto estado, sin una posible intromisión de una bala perdida que llegara desde afuera: de la cárcel o el volcán –de ser culpable-, o desde los otros trescientos ochenta y ocho mil y tantos otros posibles francotiradores externos.

No, no le ha generado sospecha la falta de sangre, ni ha pensado en como escribo tan tranquilo con estos dedos sobre el teclado, todo tan limpio. La escena tan púdica, tan falta de sirenas y de persecuciones.

Afuera, un tiro al aire para aterrorizar a los reos, o a los pajarracos que husmean en la huerta de la cárcel. Un jadeo del nevado que hace tanto fue volcán y sepultó a todo un pueblo. Abajo: gato, perro o lechuza, maúlla, ladra o ulula. Aquí a mi lado, la caída de un hombre que muere de infarto, de muerte lejana, aplastado por la vista desde esta ventana sobre la que escribo, pobre víctima de las coincidencias o de los atardeceres de esta ciudad. Al unisonó, todos:

¡Bang!


viernes, 10 de septiembre de 2010

El Primer Hombre II


Un mundo anómico.
No nombre, no ley;
sólo el asombro.

Dibujaba bufalosontes, renatobroncos, ornitosaurios en las paredes de su pequeño refugio. La piedra afilada, el temblor en la mano, quizás un primer asomo de excitación intelectual provocó la herida.

Un no sé qué fluía por su primitiva mano aferrada aún a su prehistórica brocha. El asombro, antes puesto en el mundo fuera de la caverna, ahora situado en él.

Flageló su otra mano sólo para comprobar que también proveía el líquido. Luego cortó su pecho, su abdomen, sus muslos.

¡Todo un río dentro de él!

…alcanzó a firmar sus garabatos apoyando sus manos contra la piedra.

(ver el Primer Hombre I)

miércoles, 28 de julio de 2010

Un semáforo en rojo el día de todo al revés (tres pensamientos inútiles)



I

¿Un abismo temiéndole al vacío?

¿Un precipicio acrofóbico?

II

El metro y los ácidos, dos viajes que nunca deben mezclarse. Se corre el riesgo de convertirse en un asesino en potencia o escribir un mal cuento con un titulo psico/misan-trópico; ignorando la etimología.

III

Un semáforo en rojo el día de todo al revés.

Y usted es un buen ciudadano, eso está claro, queda demostrado en su certificado electoral; la factura de los servicios públicos cancelada a un día de vencer y los avisos de aquí están invertidos sus impuestos se lo confirman.

Sí, usted es una persona correcta -¡tan correcta!- y el semáforo está en rojo.

La ciudad se ha vaciado, es día de guardar o quizá sea la paranoia colectiva por la gripe de los murciélagos, las elecciones presidenciales, el mundial. La calle es suya o del semáforo que está en rojo porque usted es un buen ciudadano.

it’s so polite, it’s so polite

it’s offensive, it’s offensive

Amanda Palmer -en la radio- y la cámara de seguridad -en el poste-, testigos únicos del crimen, de la insolente licencia que se ha dado, del protocolo arrojado por la ventana en un acto tan poco ecológico:

Sea que haya ignorado al fin el semáforo en rojo, o mejor aún, que haya descendido del carro con el propósito de cambiar el orden de las tapas invirtiendo la luz a su favor; vuelve al auto y acelera con la conciencia tranquila de seguir en cumplimiento del deber... o algo parecido.

sábado, 3 de julio de 2010

Me temo que le temo

Me temo que le temo a quitarme los zapatos y de pronto echar raíces, a desabrocharme los botones, sacarme la camisa, deshacerme de esta ropa; podría el aíre desbaratarme. Me temo que le temo a un silbido, un aleteo entre el ramaje, un picoteo constante. Al fruto, a la mano que asecha, invade y despoja. Me temo que le temo a ser un poco árbol. A la rama fracturada por un niño que sólo quiere mirar desde la copa para luego volver a tierra. Y es esa mala costumbre de temer a lo que temo lo que mantiene estos trapos tan bien puesto y desvía mi destino al intestino de alguna paloma.

miércoles, 16 de junio de 2010

Mordaza

Nadie dice nada,
lo cual es lo debido,
eso es ser consecuente.

¡Pero que alguien diga algo, por Dios!

Sirena Varada

¡Sirena, sirena! Coreaban las sirenas. Se veían sus luces, luces rojas de sirena. La calle titilaba, y las ventanas, y los rostros que asomaban. Y la sirena temblorosa en el centro del parque, estancada en la pileta, roja a su vez en su sangre, sangre roja de sirena. ¡Sirena, sirena! coreaban las sirenas de las ambulancias que llegaban hasta el parque.


°oOo°

Dos canciones para este fragmentico:

Sirena Varada - Héroes del Silencio


Don't let it bring you down - Annie Lennox

martes, 18 de mayo de 2010

Entrada N° 100 / Número Equivocado

A pesar de las telarañas y el polvo que se hace notar a veces en este espacio, intento mantenerlo actualizado. Ésta es la entrada número 100 de Ángel Lunático, pensarán que es muy poco para tanto tiempo del blog, pero no es cosa fácil. Las pequeñas tareas siempre me han abrumado, soy un mal vividor, no sé apostar mis cartas, pero me tomo el tiempo para meter la pata.

Muchas gracias a los seguidores, a los visitantes esporádicos, a los que comentan y a los anónimos.

Un saludo y les dejo este escritucho que hice hace poco.


Número Equivocado

-Aló… aló.

De vez en cuando lo llamo para espantar el fantasma, para saber que sigue vivo y que no es el mismo. Nunca respondo, para que no haga memoria, no vaya a ser que recuerde que aún existo pero soy otro.

Son dos aló por año, una sola llamada. El primer aló siempre suena con esa voz que era la del él de entonces, el segundo destiñe la escena y me devuelve al que soy ahora, que no es un yo con él. A veces él cuelga, otras tantas lo hago yo.

Debo aceptar que no sabré que hacer el día que no conteste. Quizá le dé por cambiar de domicilio, o muera sin que me entere.

Cuando es mi teléfono el que suena y nadie responde, lo nombro. Como nadie dice nada, y nada es mudez y nadie es un mudo, me doy la licencia de creer que se trata de él. Pero entonces habla el mudo y todo resulta ser un número equivocado. Él debe pensar lo mismo de mis llamadas, aunque en ese caso yo si soy el nadie que se queda mudo hasta que termina la llamada.

-Aló… aló.

Del otro lado el teléfono es colgado y el tono que se repite... se repite.

domingo, 11 de abril de 2010

A Woman Left Lonely

-A Darkbantha y a Janis Joplin-



De hastío se va llenando también la noche. De palabras retenidas por silencios coagulados. En el día la apetencia, en la sombras la abstinencia. Y las jornadas la van endiosando, envejeciendo, hostigando.

En la radio, o en mi cabeza, no sé muy bien donde se encuentra la mujer que grita:

A woman left lonely will soon grow tired of waiting.
She'll do crazy things on lonely occasions.


De mareas trastornadas, remolinos perturbados, de palabras verticales pronunciadas por un sexo enardecido; se va vaciando la noche de inaudibles maullidos.

Makes a touchy situation
when a good face come into your head.

Y así las fiebres de la noche irán quemando a una mujer abandonada, entretanto en la radio se atropellan los vocablos horizontales de una muchacha que va llegando a pedazos hasta mi cama.

domingo, 4 de abril de 2010

Canciones para mi muerte II

La Ciudad de Noche, de Nadie.

Huele a azul, se escuchan los pasos de un amanecer que se aproxima pero es el momento más oscuro de la noche. La ciudad flota. Cada noche, a la misma hora, la ciudad y sus luces trasnochadas flotan. Entre cielo y montaña no hay distinción alguna. Las montañas también se cansan y desaparecen. Sólo nadie lo nota, mientras tanto todo duerme. A veces me parece que soy yo el que flota y la ciudad me olvida y nadie me sueña.

Al menos nadie me sueña en tanto todo me olvida, yo floto; sonará: Spinetta con Mercedes Sosa - Barro tal vez.

“Si quiero me toco el alma

pues mi carne ya no es nada.

He de fusionar mi resto con el despertar

aunque se pudra mi boca por callar.

Ya lo estoy queriendo,

ya me estoy volviendo canción.

Barro tal vez.”

viernes, 26 de marzo de 2010

No te laves los dientes, Martina.

Me suena por eme: Mar… ta, no. Mar… cela, no, no, tampoco. Mar… ¡Martina!, sí, Martina. Martina es su nombre.

Esta mañana ha ido al mercado, pero primero, tomó un taxi desde su casa con destino al centro, donde queda el mercado. Mientras el taxista se le insinuaba por el espejo retrovisor, ella hacía lista mental de su compra semanal. Algo debió molestarle cuando el taxista volteó, aprovechando un semáforo en rojo para detallarle las piernas, porque ella le entregó un billete y sin esperar el cambio bajó del auto y caminó tres cuadras hasta el mercado. Pero antes entro en una cafetería, pidió un café caliente, dos cubitos de azúcar y revolvió mientras intentaba descifrar el titular de la primera plana del periódico que un hombre sostenía frente a ella. Un hombre con cara de acontecimiento, de noticia, pensó, porque no podía verle el rostro, en cambio sí sus manos.

En el mercado tomó una canasta y puso los tomates sobre el arroz para que no se estropearan con el peso, compró la leche, los huevos, las libras de carne y tres pimentones… los pimentones. Se tomó su tiempo con los pimentones y escogió los más rojos y olorosos.

Regresó a casa en autobús para evitar disgustos, pero había olvidado ya la montonera de manos sueltas que andan a la espera de vulnerar nalgas y pechos y cualquier pedazo de carne que se antoje a menos de un centímetro. Los muchachos restregándose para llegar a la puerta trasera, las piernas que se juntan en los asientos contiguos.

Alguien le rozó bajo el ombligo, al parecer sin querer, y le disgustó sentir la irritación del pubis recién depilado. Y la canastita con el mercado estrujada contra el suelo, quizá los huevos estarían revueltos con tanto movimiento, refritos con el calor imbatible de un medio día eterno y los tomates desjugados y los pimentones... y los pimentones. Y ese escozor entre las piernas, el sudor de los muchachos que regresan de estudiar, y el de los obreros.

Fatigada por el día, Martina no cocinó. El teléfono no sonaría, y si no sonaba pues lo mejor era usarlo para que no se cansara de estar allí sin función alguna. Llamó a algún restaurante cercano, al fin una visita, al menos el timbre, al menos no cocinaría.

Telenovela no habría esa noche, discurso del presidente, noticiero, cierre de emisión.

Le ardían las carnes por el día. Le espoleaban los vellos reincidentes. Le temblaba el cuerpo. Los pimentones. Los obreros. Los dedos, qué bien se sienten los dedos donde incomoda. Martina, toda su rutina, las manos que se asoman desde un periódico, las mismas que ahora hurgan en las fundas, unos ojos observándola por el retrovisor y ella hundiendo su mirada en la almohada para no verla, o para recrearla con más firmeza. Una cuchara revolviendo el café… los dedos.

Los pimentones y las espaldas que esconden. Cuántas espaldas en un pimentón, todas hacia afuera y dentro del pimentón todos se miran y es un vacío. Y las espaldas de los muchachos y los obreros, y las telas pegadas por el sudor del medio día. Un estudiante toca su puerta, un obrero llama al teléfono. El galán de la tele, también el presidente. Todos escarbando entre sus faldas, rebujándole el hastío. Todos aplacando la irritación, mojándole el fastidio de los días.

Hacía tanto tiempo no llovía y Martina no se dio por enterado. Quizá fuera un sábado, porque olvidó lavarse los dientes esa noche antes de dormir y se dispuso a soñar.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Lite.realidades I y II

Lite.realidades I

-Aló.
-Xiomara, por favor.
-Está recostada en el momento.
-Ella y sus rarezas, en vez de recostarse en una cama.


Lite.realidades II

-Tiene zapatos para niño de plástico.
-No señora, la fábrica de maniquíes es tres cuadras hacia el norte.

jueves, 4 de marzo de 2010

El Primer Hombre

Despertó,
pensó hacer lo mismo
que ayer.

Ignoraba que ese era
el primer día
de su existencia.

viernes, 5 de febrero de 2010

El Espejo

-Hay quienes dicen que todo se parece a su dueño. Por eso hay casas tan ataviadas como los señores que las habitan, y sus mujeres al mismo tiempo tendrán cara de venado cazado y convertido en trofeo. Dicen que los animales terminan por parecerse a sus amos, que adquieren características que los semejan. Pero me he estado preguntando, qué será de nosotros.

Me mira el hombre como sorprendido, no tanto por encontrar que un extraño le haya hablado de nosotros con tanta propiedad, como viejos conocidos, sino porque no usara la muletilla del clima o las próximas elecciones para entablar conversación. Sin embargo, contesta:

-Tendremos cara de calle.

-O carrera- añado.

No sé cuánto pasó hasta que se me ocurrió decir:

-Los muchachos en las esquinas parecen grafitis. Hay perros con cara de callejón sin salida y gatos con la fisiología de los tejados. Niños en la calle con cara de alucinados, porque pertenecen a sus amigos imaginarios. Y las putas son tan sólo dueñas de sus tacones de hebilla, hebillas tan gastadas por el uso que se abren al mínimo toque, como las piernas.

-Lo ve, de ser así ha obtenido su respuesta: cara de algo también tenemos. Tarde o temprano todos encontramos nuestro soberano, algo terminará consumiéndonos y en agradecimiento, nosotros acabaremos pareciéndonosle.

-Un momento, que me he confundido. Pero quien decide su amo o su esclavo. Quiero decir, ¿es la rata de alcantarilla o la alcantarilla de la rata?

-Poseer es un verbo en doble vía. El patrón termina atado a su esclavo. El amo saca al perro y el perro arrastra al amo. La joya es del dedo, pero el dedo se acostumbra a la joya.

Pienso que este hombre tiene cara de pesadilla. Tiene los ojos muy hundidos, y los cachetes, pero su boca es como si estuviera en constante grito, como si se absorbiera por todas partes y luego intentara botarse por la boca pero no le saliera; como en las pesadillas.

-Usted tiene cara de perro persiguiendo su propia cola- le digo-, de dar vueltas en el mismo sitio y nunca detenerse.

-Mi profesión es la de relojero, ha de ser por eso.

-Entonces tiene la cara del tiempo. Si las manecillas tuvieran ojos también tendrían ojeras, como usted. Usted es entonces una manecilla andante, y aunque se ha detenido en este lugar no ha parado de hablarme. Aún su segundero camina en su mente y el minutero en su boca y usted sólo espera que le llegue la hora para cambiar de sitio.

-Pero si ha sido usted el que me ha puesto charla- dice indignado.

-Yo sólo le he dado cuerda. Y a todas estas, ¿de qué tengo cara yo?

-Usted es un animal raro, muy raro, un caso perdido. Un loco de parque, un descarado.

-No, cara de algo debo tener.

Se levanta del asiento, camina tres pasos, se vuelve hacia mí y dice:

-Me hace perder usted el tiempo. Es usted el que ha estado dando vueltas en el mismo punto.

Ese es el problema con el tiempo, pienso, que odia verse consumido, derrotado, perdido. Y entonces su solución, para no perder su titulo del que todo lo destruye, es aventar su ira sobre el espacio. Se enfrentan espacio y tiempo, lo que termina por envejecer a uno y entristecer a otro por perder su gobierno sobre algo. Como el amo, como el esclavo, condenados a su relación de mutuo sometimiento.

-¡Pero qué tarde está!- grita.

-Le ha llegado su hora. Pero antes, dígame la verdad: de qué tengo cara.

-Usted tiene la cara de los espejos y esos no tienen gobierno. O por lo menos cambian muy a menudo de dueño, ponen cara de lo que se les pare enfrente. Tiene usted razón, me llegó la hora, buena tarde.

Poco le entendí ese cuento de los espejos, pero tampoco quería seguir dando vueltas sobre el mismo asunto. De suerte que se sentó una mujer en su lugar, una astrónoma, pero lo de ella fue otra historia que comencé más o menos así:

-Yo te diré lo que somos: todos somos estrellas…

miércoles, 3 de febrero de 2010

Arcano del Día: La Muerte

La vida es un gato arañándome la pierna para que juguemos, el resto es muerte. Muerte: un helicóptero sobrevolando la ciudad, un vacío en el dedo donde debe ir un anillo, una casa habitada por un ausente. Muerte el globo que escapa del niño, el grito del niño, una bola de helado en el pavimento.

La vida es un gato que juega cuando le viene en gana, el resto, ya lo he dicho, pertenece al terreno perpetuo de las Moiras. La una teje, la otra enrolla, la tercera deshilacha la madeja que las otras han hilado; como los gatos...

¡Un segundo! Que es un gato el que insiste en hacerme creer que es la vida y me invita a jugar.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Patio Trasero

Desprendido el patio trasero del mundo, nuestro destino estará dedicado al tedio cotidiano, a la suciedad perpetua eterno aburrimiento, o quizá a una inmortal sensación de nunca estar secos.

Estuve soñando –yo siempre lo hago-, que el patio trasero del mundo era desaparecido, y la gente ya no tenía donde extender sus trapos, entonces ya no estaba el grito en la casa de entrar las ropas cuando lloviera, del viento que sopla sobre las telas. Los niños ya no tenían paredes de lino para plasmar sus manos sucias en mariposas de diez dedos que olían a tierra y estiércol.

Estuve soñado –y a veces no paro-, que el mundo usaba siempre el mismo atuendo, sus zapatos raídos. Cuán aburrido y sucio. Y la gente ya se conocía las camisas, los amantes ya aburridos de saberse viejos atavíos, sin bragas nuevas que romper y los mismos botones que remendar después del sexo.

Y algunos con sus ropas mojadas porque no soportaban el hedor a día eterno, salían a cazar alguna gripe y terminaban arropados por sudarios reciclados. Eran tiempos de inconformes y ya nadie estaba demasiado seco sin el patio trasero del mundo.

Entonces fue cuando sucedió, que en el sueño todos se despojaron de sus vestidos y los tiraron al gran vacío que había en el mundo, sábanas empantanadas por niños traviesos y tirantes que cuajaban el gran lienzo, colocaron un cierre para que no se desbordara tanto paño y almidonaron la superficie para marcar las arrugas simulando las que antes existían. Pusieron botones donde antes solía haber jardines de flores y colgaron las cuerdas del nuevo patio trasero del mundo…

Cuando desperté –siempre hay que hacerlo-, el planeta también lo hizo, y todos iban vestidos como el día lunes es debido y yo andaba empapado buscando un sitio donde extender tanto mojado.

Alguien debería inventarle un tendedero a este mundo.

Postal de 1904, Tendederos en New York City

martes, 22 de diciembre de 2009

Pececillos de Plata, Avioncitos de Papel

Caballitos de felpa con las costuras visibles en los bordes, para afilar las uñas en sus lomos cabalgantes. Un parque en París donde una loca les da arroz a las palomas. Un barco pesquero cargado de atún…

Anoche soñé que unos pececillos de plata se comían las mejores frases de los libros, pero no eran pececillos de esos que nadan en los lagos o en el mar, no, eran Lepismas saccharina, unos insectos escamosos y brillantes que han sobrevivido más de cuatrocientos millones de años merendando letras, pegamento y almidón.

Contaba pues mi sueño: los insectos nadaban en su océano erudito, recitaban las mejores citas que habré escuchado, las arrancaban de la hoja y se las engullían y de repente ya nunca más se repetían en la historia. Cuando ya no les quedó nada de su banquete de todos los libros del mundo, se acercaron arrastrando sus acorazados y lustrosos cuerpos hacia mi mesa de noche donde reposaba, ¡con espectacular portada!, el último ejemplar de toda la historia de La Condesa Sangrienta de Pizarnik.

Imaginarán ustedes el terror del sueño y el cuadro de aquellos monstruos minúsculos, con sus nano-colmillos ensangrentados y sedientos por las últimas palabras bien impresas que quedaran en el mundo onírico.

Bien fue que desperté y allí estaba mi gato, maullando por su bocado matutino y salvándome de las garras de aquellos alucinados comepapeles.

De niño siempre quise un gato, mi abuela tenía uno que nunca tuvo nombre, porque según ella un gato se llamaba como quería y nada más, jamás atendería a un mote impuesto.

La odisea de traer un felino a casa fue toda una epopeya, fue de sorpresa y asegurándome un hotel por si no me aceptaban con él en casa. Cuando lo vieron admitieron su estadía con fingido recelo. Al momento ya todos estaban en carrera por el nombre: Ángel, Miau, Champiñón, Salmón, Panzerotti… lo llamaron de todas las formas como libros se comieron los pececillos plateados, sin embargo él aún no responde, ni lo hará. La abuela tenía razón.

Quesito lo llamo, a disgusto de muchos el nombre, pero es cómodo a la hora de sacar canciones mientras preparo el desayuno.

Quesito… a Quesito le gustan las polillas que se comen la ropa, le hace compañía al monstruo en mi armario cuando no estoy, y escucha Janis Joplin. Los aviones de papel lo divierten más que los ratones de peluche y esos artilugios que se inventan más para los dueños que para los gatos.

-Queso Amargo –así también lo llamo-, esto es un avión, un avión de papel; y ese de allá arriba es uno pero de metal. Este que tengo en mi mano lo podría fabricar un niño de cuatro años y pintarle personitas; ese en el cielo no es origami y es tan complicado como la gente que los hace. Además de personitas de verdad que viajan en el maletero como polizones, en algunos casos también carga polizontes que vendrán a defender la democracia- y a falta de gesto para burlarse de mi, Quesito voltea la cabeza, mira el pájaro de alambre y gruñe.

Y por eso es que le gustan los aviones de papel al felino lácteo, y no los de metal. Y los peces: el atún, el salmón y los pececillos de plata que no son peces ni viven en el agua ni vienen enlatados.

…Una finca lechera donde las vacas lo llaman para que las ordeñe. Un móvil de aviones, grullas y barquitos de papel. Las últimas gotas de vodka olvidadas en los vasos después de una fiesta. Una Nepeta cataria germinando súbitamente por entre los rincones de la casa…

Creo que con eso sueña mi gato, y con peces también yo.

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Cuento Cósmico para Gatos Lunáticos:

viernes, 4 de diciembre de 2009

Mercedes

Mercedes, su nombre es Mercedes y es actriz, pero no actriz porque sí, sino de teatro. Mercedes tiene un gato llamado Delilah, y sí, le puso así por Freddie Mercury. Mercedes ya alcanzó los cuarenta, no tiene hijos ni esposo, dejó a su último novio porque sólo le regalaba rosas y olvidaba fácilmente el nombre de su gato: Delilah, Delilah, oh my, oh my, oh my.

Mercedes mueve los labios como si hablara en silencio, lo hace mirando su reflejo en la ventana del metro y lo que dice lo sé, es el guión de su siguiente obra, su primer monólogo.

Mercedes piensa que es demasiado alta para su nacionalidad, tiene porte de señora inglesa, pero a diferencia de esta no toma el té ni cruza las piernas mientras orina.

Mercedes tiene el cabello negro y la piel muy clara, unas cuantas arrugas en la frente revelan que todo le sorprende.

Mercedes va al cine tres veces al mes, no come popcorn porque le deshace el nudo en la garganta cuando le da por llorar en las escenas dramáticas. Nunca ve una película completa, abandona la sala antes del final para dedicar el resto de día en desenredar la trama a su antojo; así se deshace de los debate políticos y religiosos.

Mercedes, imagino tu llegada a casa: abres la puerta y al primer paso tu chaqueta vuela, tus tacones por los rincones, tu pantalón sobre la tele, tu ropa interior servida en el comedor y finalmente caes con todo tu día, escurrida y desnuda sobre el sofá de cuadros, con una botella de vodka entre las piernas. Luego riegas la matera donde hace un tiempo sembraste una semilla y aún esperas que florezca. Lavas los platos con la radio encendida hostigando a los vecinos. Tomas un baño con la puerta abierta y los ojos cerrados, imaginando que algún muchacho se inmiscuye en tu apartamento y te observa. En la mañana, frente al ascensor, le guiñas el ojo al del cuatrocientos dos para que piense en ti mientras se coge a su novia.

Mercedes abandona el vagón en la misma estación en que yo lo hago y se mezcla entre la gente pero aún sobre sale. Ya en la calle la veo alzar su mano, tomar un taxi que la llevará a su verdadero destino de posibles hijos, esposo y perro, de ingeniera administrativa o secretaria ocho a seis, de guardería, entrega de notas y visitas al psicólogo, de piernas cerradas en su sofá a rayas, de ‘no andes desnuda por toda la casa’, de visitas y señoras muy formales que llegan puntuales a tomar el té.

Mercedes, y junto a mí su nombre y la vida que le he inventado.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Lo que es la vida

-Es algo así como un libro al que debes repasar con tus dedos, porque eres ciego. Tantear letra a letra, como si presionaras botones que terminan por encender o, en la mayoría de los casos, apagar algo.

-¿Te sostengo el cigarrillo?- me pregunta y lo toma de mi boca mientras libero el humo. Luego lo coloca en su sitio, de nuevo.

-Después te das cuenta que las hojas eran unas cuchillas enormes y las palabras filosas hendiduras, como un rallador gigante. Pero igual sigues leyendo con tus dedos convertidos en incipientes muñones, hasta que no queda más remedio que utilizar todo tu tacto.

-Ah, ahora entiendo- vuelve a retirarme el cigarrillo al aviso de mis ojos enrojecidos, bocanada afuera y lo devuelve.

-Cuando llegas al último verso -o llega lo que queda de uno, el esqueleto-, justo al oprimir el gran botón, el punto final que en definitiva detonará al circuito entero, el libro se cierra como una trampa para osos que se engulle lo que queda de ti.

-Con que así es como sucede.

-Sí, así exactamente.

-Lo que es la vida, ¿te apago el cigarrillo?- es lo último que dice, antes de apartarlo de los que solían ser mis labios y tirarlo. Luego, me cambia las vendas.

martes, 17 de noviembre de 2009

Sex-soft-on


Sexsofton es correr al edificio de enfrente, pagar unos cuantos centavos a un músico decadente para que toque su saxofón toda la noche desde su apartamento, mientras tú crees que es una perfecta casualidad.

Sexsofton es incendiarte con las luces que se duermen.

Sexsofton es descoser tu vestido, como deshace el músico vecino el corsé de su instrumento.

Sexsofton es la melodía fluida por la ventana, los fluidos melódicos por las sabanas, los gemidos espasmódicos que se riegan de tus labios, los del saxo.

Sexsofton, el compás de tu vientre.

Sexsofton, el blues del músico al saberse solo.

Sexsofton, absorber el jazz que llevas dentro, escucharte cantar How High the Moon, verte partir a otro mundo mientras te vienes en este.

domingo, 8 de noviembre de 2009

B Movie

Lo nuestro era un amor de culto, no apto para todo público, una relación de película porque lo tuyo era el cine. Soñabas con tener el Garbo de Greta y la Gracia de Kelly. Y no es que fueras exactamente una femme fatale, ni yo Marlon Brando. Pero no había nada que reprochar, los productores de esta historia no tenían para más. Algún guionista decadente te dictaba sus ideas. Tú hacías las veces de directora mientras me acompañabas en el plató, y yo me defendía como podía, sin extra alguno que me respaldara en las maromas que el libretista loco en tu cabeza me obligaba hacer.

Odiabas las comedias románticas, por eso cuando llegué a tocar a tu puerta, con la conocida excusa de la taza de azúcar, gritaste: ¡Corten! Y la escena se repitió.

Allí estaba yo, saliendo por la ventana de mi apartamento a siete pisos del mundo. El trato era que yo debía entrar por la ventana de tu habitación y pedirte que me ocultaras de unos agentes del F.B.I. que querían investigarme por presuntos nexos con extraterrestres o Al Qaeda. Sin poleas ni arnés alcancé tu ventana…

¡Corten!

…La ventana estaba atascada, yo a siete pisos de mi integridad y tú en mi apartamento animándome a que hiciera el recorrido de vuelta, con un té de manzanilla en las manos.

Por lo menos nos entendíamos en la cama, o eso creo. Siempre lo dudé por tu notable habilidad en las artes escénicas. A veces te inventabas algún pretexto para llegar tarde a casa e intentar conseguir un traje como el de Liza Minelli cantando Mein Herr, o el de la Hayworth en Gilda. Y mientras te quitabas el guante soñando ser Rita, yo le echaba la culpa a la Madre Naturaleza por el terremoto de San Francisco, por Rita Hayworth y por tu striptease. ‘Put the blame on Mame, boys, put the blame on Mame'; cantabas.

No logré entender que tenías en la cabeza. Siempre te veía por ahí, tranquila y de repente se te antojaba algo. Así fue como llenamos un cuarto de canarios para que tú pudieras sentir el horror de Tippi Hedren. Fue una lástima que terminaran revolando por toda la casa mientras cerrábamos las ventanas.

-Algo de espontaneidad no vendría mal- te propuse y…

¡Acción!

El florero estrellado contra el muro, un sofá volcado en la sala, a la vez que tú recitabas las líneas premeditadas: que lo tuyo era el cine, que te dejara vivir en tu película, que qué sucedía con todo el mundo que querían convertirte en lo que tanto odiabas. Yo, en un intento de salvar mi pellejo de tu histeria, salí corriendo del apartamento rumbo incierto. Grave error, el melodrama apenas comenzaba: mi ropa lloviendo desde el balcón, los cigarros esparcidos al viento, tus frases aventadas por la calle y los vecinos señalando al pobre desgraciado que yo representaba.

-¡Mujer, la tele no!- te grité- entiende que lo nuestro no es más que una B-Movie, una pareja de bajo presupuesto.

Y así es como salgo de tu película, con sangre de la de verdad porque no había para más. Tú sin tele, yo sin ti.

Te ves bien en pantalla grande dando vuelcos por los balcones, escapando de los policías que ahora van a tu encuentro. El enfoque a tus pantorrillas para desorientar al cerdo portero es casi tan impresionante como el brazo descubierto de la Haythworth. Corre mujer, corre. Haz autostop por las carreteras. Yo entretanto iré por algún refresco. Cuando vengas trae una antena nueva para la tele y popcorn que ya no tengo. En los créditos nos vemos.