"Yo no sé hablar como todos, mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos,

de donde no es, de los encuentros con nadie.

¿Qué artículos de consumo fabricar con mi melancolía a perpetuidad?"

Alejandra Pizarnik


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miércoles, 1 de septiembre de 2010

¡Cállese Lacan!

“Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo bazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios”
Oliverio Girondo

Fragmentado como este escrito, que no pretende más que ser un ejercicio de talkin cure, o más bien, writing cure. Necesidad de sublimar. Fragmento, fractura, las piezas no cazan tan bien por todas las fisuras y el pegamento entre ellas. Fractal, un espejo enfrentado a su gemelo, una versión de eternidad, la misma historia que se repite, se repite… un teléfono descolgado… eterno retorno a blanco y negro, en sepia, luego a color, para que al menos algo se altere. Como para no morir de hastío, como el pobre Casafús.

Geográficamente mal ubicado, eso está claro. Siempre ando por ahí, donde no soy y por donde no es.

“I’m one of those melodramatic fools, neurotic to the bone, no doubt about it”

Dibujo sombrillas en los vidrios empañados, ya sea porque me recuerdan al Pretendiente de Caicedo –“Si pego la frente al vidrio dejo también charquitos de aliento”-, o al pintalabios de Marciana mientras se la cogen en un sucio bar al que asiste gente que se siente muy heavy porque se leyó Ópio en las nubes, o porque vi Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, lo que me convierte –en suma-, en un ser excéntrico, tan diferente -como los demás-, o a la manera janisjopliana: “I'm one of those regular weird people”.

En resumen, resumiéndome: la redundancia de la primera persona del singular, en un lugar común, en tiempo presente. Un cliché.

La frase ya sabida, tantas veces repetida, el doble de olvidada. Y su rumor en el aire:

-Aimer, c'est donner ce qu'on n'a pas à quelqu'un qui n'en veut pas.
-Cállate, Jacques.

La misantropía alimentada por pensarnos tan distintos:

“La única manera de atrapar un lobo es a la manera de los esquimales, pero pocas personas lo saben. Cuando un sitio es muy apartado y no hay manera de salir a cazarlo, porque salir significa perecer, se hace del mismo animal la trampa. Se entierra de mango un cuchillo en la nieve, bien visible y untado de sangre fresca. El lobo acude enloquecido por el olor, comienza a lamer la hoja afilada y, ebrio de su propio sabor va tajándose la lengua y emborrachándose de placer con su sangre; termina exhausto en la nieve, desangrado, presa segura de un astuto cazador. Te quería decir con el relato de esta conversación, que el asunto amistad, a la postre, no pasa de ser el cebo de un cuchillo tentador y brillante, en donde encontramos nuestra esencia y sucumbimos gustándonos. ¡Amistad!, Inari, sólo es una identificación entre los defectos de unos y otros: esa afinidad exacta entre la sangre del cuchillo y la sangre del lobo, es sólo comparable con nosotros, pese a que desconocemos cuándo hacemos de cuchillo o de lobo. Nos buscamos precisamente por considerarnos diferentes y superiores, haciendo a un lado la realidad: ¿sabes cuál? La realidad de nuestra debilidad, que hace necesario que nos unamos para hacer una masa compacta y estrecharnos duramente para no sucumbir. Es duro reconocerlo, pero somos personas normales”

Fanny Buitrago, El Hostigante Verano de los Dioses.


-Aimer, c'est donner ce qu'on n'a pas à quelqu'un qui n'en veut pas.

Seres en falta. Pisoteados, con la ropa sucia de huellas mnémicas: el olor del croissant, las bombas de helio escapando, la nariz hundida contra la almohada de la madre, el sonido de un redoblante, la sensación del vello incipiente al tacto; si acaso una figura a contraluz por la persiana que existe tras ella (él).

Y todos compartimos lo mismo, lo que no tenemos a quienes no somos. La tarjeta de crédito siempre a la mano para obtener algo que no será nuestro por el simple hecho de no comprarlo con lo que nos pertenece. Al final, el reporte a las entidades financieras. No habrá más préstamos.

A veces cuchillos, a veces lobos. O ranas, o nadie:

Soy nadie. ¿Tú quién eres?
¿Eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces. No lo digas:
lo contarían, sabes.

Qué tristeza ser alguien,
qué público: como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.

Emily Dickinson

sábado, 17 de octubre de 2009

Ni en un bosque, ni en la China

Los peces se me tragaron la fiebre, lo juro. El dolor en el oído desapareció como tantos cuerpos lo harían por esa misma corriente poco tiempo después. Pero en ese entonces eran unas aguas cristalinas, llenas de unos pececitos negros que le rozaban a uno todo el cuerpo.

(-Mamá, ¿cómo se llamaba la quebradita de los peces sanadores?
-La Santa… ¿santa qué? ¿Inés?
-Teresita- responde papá).

Y no exagero cuando digo que la quebrada en ese entonces era transparente, si hasta los pies se veían chapoteando por allá en el fondo junto a los pececitos de agua dulce que se sorbían la fiebre. Mis aleticas de cuatro años sacudiéndose para que la corriente no me arrastrara rio abajo hacia el océano, ese charco salado que tienen por mar allá en Turbo, el mismo que me había inflamado los oídos.

-Mamá, este mar no es el mismo de la otra vez.
-No, hijo. Es que estamos en otra parte, este no es el mismo mar.

Cómo no iba a ser el mismo, si el mar siempre es el mismo. Lo que pasa es que allá se comenzó a concentrar algo que lo hizo saber y oler distinto. Ese algo que se metió por mi oído y me puso a hervir a casi treintainueve grados.

Habíamos viajado mamá, papá y yo en el Renault 4 naranja hacia Apartadó, para visitar a mi tio Jairo, a su esposa y a mi prima Sandra. Mi hermana y mi prima Marce se habían ido en avioneta. Antes de llegar a la casa de mi tío hicimos un mercado para llevárselo, porque los tiempos no eran los mejores. Yo aproveché e hice mi berrinche habitual para que me compraran el tarrito amarillo de leche en polvo Klim porque traía un cassette con coplas infantiles.

Ya mis papás estaban hasta la coronilla de la bendita chinita que se había perdido en un bosque de la China y yo que sí y ella que no; y ellos que no y yo que sí. Y al cabo llegamos a casa de mi tío sin más discusión, con el cassette dando vueltas en el pasacintas.

(-Sandra, ¿por qué fue que les tocó venirse para Medellín?
-Por lo de la Chinita.
-¿La que se perdió?
-No, por la masacre).

Nos tocaba dormir a cuatro por cama, la casa no era muy grande y había que dejar el menor espacio posible a las culebras. ‘Mucho cuidado que por las noches se van bajando del techo, sobre todo les gusta el sanitario’, nos había dicho Luz Dary la esposa de mi tío. Y a mí poco me importó lo de las culebras, dormí pensando en que al otro día iríamos todos al mar.

Pero que culebras las de ese lugar. Disparaban un veneno que mataba a conciencia. Y atacaban porque sí y porque también. Entonces supe que había que dormir juntos no fuera y nos tocara morir por separado, no estaba de más ahorrarles tiempo a los bichos que entraran a matar. Aunque igual ellos se tomaban su tiempo.

Días antes de que llegáramos, a Luz Dary le había tocado ver como uno de esos bichos atacaba a un fiscal que pasaba cerca a ella, y de pronto la culebra se lo dejó bien tendido a los pies. Quizá por eso fue que la vi llorando cuando al otro día hablaba con mamá. Nos mandaron a Sandrita y a mí para el carro a escuchar el cassette de la chinita, porque disque tenían que tratar asuntos de mayores. Pero yo sé que fue lo del fiscal, mi prima me lo contó dentro del Renault 4 naranja.

(-Esos tiempos fueron muy horribles, de pronto uno salía y le tocaba empujar la puerta porque se la habían dejado trancada por fuera con algún muerto. Acordate lo de mi mamá que apenas iba saliendo de la papelería donde trabajaba le dejaron al fiscal ahí tirado.
-¿Y quién fue?
-Lo único cierto es que no fue de las que se arrastran).

Mi prima y yo esperamos en el carro hasta que todos nos acomodamos en él para ir a la playa. Se sentía diferente el aire cuando uno se alejaba de Apartadó. Más liviano, aunque esa pesadez de allí se comenzara a extender por toda la región, Turbo se pudría también.

(-Pueblo Nuevo se llamaba el barrio donde vivíamos. Eso quedaba ahí pegadito a La Chinita.
-No había bosque, ¿cierto?
-No.
-Con razón no se perdieron los que vinieron a encontrarse con lo que sí salieron perdiendo.
-Ay, primo, vos estás loco).

Nos tocó devolvernos de Turbo por mi dolor de oído. Cuando llegamos de nuevo a Apartadó me llevaron al hospital para que me revisaran. Cómo odio el sonido que hace la jeringa cuando le sacan las burbujas de aire que quedan adentro. Y el dolorcito que se prolonga por horas y lo deja a uno cojo.

-Mañana va estar bien, va a ver.

Y estar bien fue la subida de temperatura, los escalofríos con nauseas y el dolor de cabeza con esas palpitaciones acompasadas dentro de mi cerebro. Fue doña Consuelo, la suegra de mi tío Jairo, la que nos recomendó ir a la Santa Teresita, que porque era bendita.

Luego fue que desaparecieron los peces de la quebrada entonces no hubo quien se tragara las fiebres y el dolor. Como en otros tantos pueblos, hubo masacres. En uno mataron a varios travestis y los desmembraron, los tiraron al río y le advirtieron a la gente que si tomaban agua durante esa semana se infectarían de sida. En otros lugares envenenaron los arroyos y dejaron a los niños deshidratarse. Todas las vertientes eran canales de cuerpos mutilados que terminaban en el mar. No había tren como en Ciénaga cuando la masacre de las bananeras, entonces utilizaron los ríos para deshacerse de sus pecados. Todos estaban manchados, mataron campesinos con la excusa de ser colaboradores de la guerrilla; los paramilitares se estaban tomando el control de la zona con la ayuda del Ejército y de las empresas privadas que explotaban la región.

Lo de la Chinita fue que la guerrilla se entró a acabar con los desmovilizados del Ejército Popular de Liberación; querían vengarse disque por traición a los ideales. Pero fue una maniobra doble, donde el Ejército también sacó su tajada del manjar y aprovechó para culpar a miembros de la Unión Patriótica y del Partido Comunista de ser los ‘autores intelectuales’ de la masacre, una piedra más para debilitar a estos partidos políticos perseguidos desde la década anterior.

Y es que esa ha sido la ley en estos pueblos. A penas cae el muerto, llegan los carroñeros a separar su pedazo. Todos quedaron untados. Hasta el mar, el banano y la palma de cera que germinó entre las manchas.

Mi tío Jairo y la familia se vinieron de esos lados en busca de vientos menos agitados. Cosa que no era cierta, pero algo era algo. Tenían miedo, miedo tenían y quién no. Llegaron a Medellín, donde aún temblaba la tierra por los estruendos de los años del ‘Patrón’.

(-Mamá, ese mar de allá es como café.
-Es por el río Atrato que se ve así.
-Yo creo más bien que le echaron tierra al asunto).

domingo, 4 de octubre de 2009

Mercedes, a secas.

Yo no tenía idea alguna de quien había sido Alfonsina. Sólo sabía que cinco sirenitas se la habían llevado por caminos de algas y de coral. También supe que había dejado un recado para algún amante: ‘Ah, un encargo, si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido’, y no volvió.

Yo me recostaba en el piso del balcón de mi casa, le pedía a mamá que me pusiera el cassette con la canción del negrito que se lo comería El Coco si no se dormía. Cuando terminaba esa canción de cuna comenzaba la historia de Alfonsina. Entonces yo me abrazaba a una almohada que me había llevado para el balcón, me aferraba fuerte como quien naufraga, como quien se deja llevar por caballos marinos, como quien se arrulla con la canción que canta en el fondo oscuro del mar la caracola, como quien muere o se suicida.

Tendría yo seis o siete años cuando un día mi tía Ángela, la ‘comunista’ de la familia, llegó diciendo que Mercedes Sosa vendría a Medellín acompañada por un señor, un tal Pablo Milanés. El día del concierto lloré y pataleé y me le aferré a mamá de las piernas para que me llevara. Y ya estaba yo allí, en plena Plaza de Toros esperando que saliera la voz ronca que me contaba la historia de Alfonsina y me arrullaba amenazándome con El Coco Blanco. Y salió toda esa masa -debería decir toda esa Maza-, Mercedes era muchas, y era única a la vez. En algún momento me dormí, qué torpeza de niño, me dormí y desperté con la bendita canción marina. Y Pablo cantaba con ella y ella con Pablo.

‘Imaginen ustedes a un gigante coro de América Latina’, imagínenlo, ella lo pidió y se lo merece. Imagínenlo simplemente. ‘Todas las voces, todas’, gritaríamos en coro y ella respondería: ‘toda la sangre puede ser canción en el viento’.

Imagínenlo, sólo imagínenlo.

Aún imaginándolo tengan miedo al pensar que alguien para la pista y saca el cassette, o le baja al volumen, o la cinta se enreda, o se va la luz y el escenario queda en penumbra.

Hoy a muerto la ‘Voz de América Latina’, qué tenebroso suena eso en los titulares de noticias. Claro que desde antes venía enmudeciendo, y no hablo de Mercedes, ella seguirá cantando.

La Negra Sosa es sólo una cuerda del instrumento, pero se rompió, de tanto ladrar y llorar se rompió. Queda el consuelo de tontos de saber que personas como ella, de alguna manera, se eternizan. Uno sabe que en cualquier lugar alguien podrá escuchar a Sosa en algún disco o cassette que quedó olvidado en un rincón, o por alguna tía rebelde de las que no faltan en las familias godas, o porque cantó con Shakira sabiéndose que fue Shakira la que cantó con Mercedes. O porque sí, porque tiene que ser así, debería ser así.

Se murió, ‘morir también es ley de vida’ dice Jorge Drexler. Se murió y alguno que otro estará diciendo que se debió haber muerto desde antes, otros como mi tía Ángela, deben tener sordos a los vecinos por el volumen de la música.

A veces pienso qué sería de Mercedes si fuera colombiana y… mejor me callo. Duró más en Argentina a pesar de su oposición hacia la dictadura. Si tuviéramos una Sosa aquí no sé qué tan peligrosa sería para la Seguridad Nacional. Porque sí, tenemos orgullos patrios, tenemos a Shakira y Juanes, y digo qué bien suena la primera, sobre todo al lado de Mercedes cantando La Maza; del segundo me alegra que haya pisado Cuba sin los prejuicios que tienen muchos aquí en Colombia. Tenemos a Andrea Echeverri gritando en los conciertos ‘no señor, ninguna mata mata’, las matas no matan, dejemos la pendejada. Pero no tenemos una voz como la de la Sosa en Argentina, o la de tantos otros que formaron parte de esa Voz Latinoamericana, de los que algún día pusieron pecho al plomo porque les dolía lo que pasaba en este territorio donde los cuenticos de García Marques se van volviendo realidad.

Gracias a la vida por Mercedes, a Argentina por parirla y no desaparecerla ni apagarla. Hoy seguramente la velarán con todos los honores nacionales y esas cosas.

Ojalá el cassette no se borre, ni los hongos lo corroan. Sólo le pido a Dios que esa epidemia amnésica que sufrimos los latinoamericanos no se siga extendiendo. Aunque peco de optimista, tantas veces hemos cometido el mismo error, ya no duele el olvido.

Sobreviviendo, esperemos, sobreviviendo. Mercedes, Mercedes Sosa. ¿Sosa?, esas cosas de la vida, sosa es algo sin gracia, sin sal, y eso era lo que le sobraba a Mercedes. Mercedes, simplemente Mercedes, a secas.

Ahora sí, mujer, te bajamos la lámpara un poco más, ¿qué constelación se te antoja?

Duerme, duerme, Negrita.

lunes, 28 de septiembre de 2009

El Asesino de Abejas

“Amor antiguo, cuya remembranza
cada amorosa perspectiva cierra,
eres esa emoción que sólo alcanza
quien se acuerda del mar desde la tierra”
Amor Antiguo – Francisco Luis Bernárdez

El olor del Croissant caliente a las 9:45 de la mañana siempre me hace recordarlo.

Manuel.

La historia es bastante extraña. Cursábamos el mismo grado, en el mismo grupo: 6°-D. Desde tercero de primaria mi lista de amigos había sido reducida, por orden de la directora de grupo debía salir al recreo con gente diferente, “para que aprenda a integrarse”, había dicho doña Dora, la profesora de tercero.

Y yo que hacía, si eso de hacer amistad no se me daba fácil y prefería andar siempre con los ‘raritos’ que buscábamos la manera de sacar al Titanic de las profundidades del Pacífico norte.

El caso es que había entrado en el bachillerato… y allí estaba yo sentado en un murito en clase de Educación Física, mirando volar una abeja a ras de suelo.

¡Pam, pam, pam! Un zapato sobre las diminutas rayas negras y amarillas.

-Hey, no la mate, no la mate.
-Por qué, y si nos pica.
-Ellas no pican, no ve que no tienen pico.

El asesino de mi protegida era Manuel, un muchachito delgado, pálido, unos ojos castaños bien puestos a lado y lado de una nariz que se me daba mal recordar.

-Manuel Alejandro.
-Julio César.

Rara vez me presento completo, pero en vista de que Manuel presentaba su duplo, yo coloqué sobre la mesa ese par que yo llevo adentro; para que no quedáramos incompletos.

Lo que pasó después fue lo que ya habían previsto los profesores de primaría, me había echado a perder. Ya no quería ‘aprender a intégrame’ a nadie más, me bastaba sentarme en los recreos con Manuel a contarnos las tramas de las películas que queríamos que el otro viera algún día.

-… entonces él se asoma por una de las vitrinas del centro comercial y ¡Buh!, aparece uno de los muertos vivientes, sin un ojo y sin la mano izquierda…

-… entonces la profesora llama a la mamá del niño porque ha estado dibujando unos garabatos todos raros, con unos círculos y sangre…

-…entonces el niño se ha quedado congelado en un carro en el fondo del mar, con su oso de peluche. Muchos años después unos seres, como extraterrestres, lo descongelan…

-… entonces ella no sabe como decirle que la ama, porque su amiga jamás lo va a entender y ella sabe que no es debido…

El ultimo día de clases de ese año llegué a mi casa muy enfermo, algo se estaba fraguando en mis vísceras, algo muy extraño. Pasé una semana entera en la cama, los juicios médicos no eran alarmantes, mi autodiagnóstico sí que lo era. Fue entonces cuando supe que el nombre científico para el amor debía ser Gastritis Erosiva.

Para enero del año siguiente la molestia había desaparecido. Tiempo de alistarse para mi segundo año de bachillerato. Pero, ¡oh, sorpresa!, fue sólo cuestión de pensar en el regreso a clases para que aparecieran otra vez ese ardor y ese temblor en la barriga. Podría jurar que caería nuevamente a la cama sino es porque el malestar se correspondía con la imagen del asesino de abejas en mi cabeza.

Para mi fortuna en un principio y mi desgracia meses después, los años que siguieron los cursamos en grupos diferentes. 7°-H él, 7°-E yo.

-A las 9:45 en el murito de siempre- Me atajó una mano a las siete de la mañana cuando buscaba mi salón el primer día de clases del nuevo año.

Hice de tripas corazón para no vomitarme en ese instante. Qué dicho más adecuado: ‘de tripas corazón’. Claro Manuel, en el recreo nos vemos.

Y en el recreo era que me moría cada mañana. Croissant de queso, gaseosa de ochocientos y vamos Manolito para el murito nuestro a contarnos cuentos.

Yo no podía con mis intestinos, ellos querían irse volando. Aunque era peor a la salida del colegio cuando ya no había nada que hacer, el día que se ha ido y esperar al otro que trajera su tortuosa pero placentera hora del descanso.

Para mitad de año, cuando logré controlar mis ácidos estomacales y el chasquear de mis rodillas, ya el miedo de haberme enamorado de un muchacho era cuento viejo. Veía crucifijos por todas partes, pero en la capilla lo único que pensaba era en la carita de Manuel: Los labiecitos delgados y rojos, muy rojos. La cicatriz en mitad de las cejas de cuando era un niño y se había golpeado contra la barra de una de esas tiendas de lata con publicidad de Coca-Cola. Los ojos a lado y lado de esa nariz que me costaba tanto recordar.

¿Qué carajos tendría su nariz que se me hacía imposible de evocar? Llegaba a mi casa apurado, en esos afanes adolescentes, y esa nariz me hacía zancadilla cuando intentaba rememorarla. Era como si entre el vapor de la tina y mis ansias puberales se tragaran los rasgos de Manuel, y me juraba aprendérmelo de memoria al otro día.

Lo mejor comenzó con la llegada de los celulares a nuestra generación. Prometimos en cada recreo que conseguiríamos uno con cámara y que lo intercambiaríamos cada semana; nunca lo hicimos.

Pero teníamos nuestros humildes aparatos celulares que servían para mandar mensajes de texto a cualquier hora, entre clases:

Has recibido un SMS de Manuel:
Hola, a las 8:25 en la capilla. Llevá tu celular para que juguemos.

¡Ah!, las escapadas de clase para ir a ver a Manuel a la capilla. Tan espirituales estos muchachos, debían pensar los que pasaban a echarse la bendición a esas horas de la mañana. Todo estaba fríamente calculado: pedíamos una cita médica en la recepción por si algún profesor nos encontraba desprevenidos fuera de los salones, y nos íbamos a la capilla con la excusa de esperar la hora indicada de ir a la enfermería. A veces nos encerrábamos en el confesionario y… bueno, me tocaba morderme la lengua y agarrarme las manos para no ir a saltarle a Manuel encima, que jugaba frente a mí con mi celular, que tenía el juego que a él le gustaba.

-Manuel…
-¿Qué?
-Nada, era una bobada.
-¿Qué pasó?
-No, no, nada, olvídelo.

Bueno, al menos en esos momentos aprovechaba para aprendérmelo, no fuera que esa nariz se me borrara otra vez. ¡Ay, Dios!, si hubiesen visto la manera como se movía su labio inferior cuando jugaba en el celular, le daba pequeños brinquitos nerviosos, y yo me hacía a la idea de que era porque estaba sintiendo lo que yo estaba pensando.

-Manuel, a vos te tiembla el labio de abajo, ¿por qué?
-No sé, no me doy cuenta… vos sí te fijás en esas cosas.
-Es que es muy gracioso, como sí yo… pues, como si estuvieras rezando para que no se callera el muñequito del juego.
-No, es que… yo quiero…

Mierda, y entra el de Religión y nos dice que qué hacemos en el confesionario, que nos salgamos. Entonces le explicamos que tenemos cita a la enfermería y nos hace salir e irnos para la sala de espera… sí claro, cómo no, nos íbamos era para el preescolar donde había un arrume de sillas plásticas blancas y nos podíamos esconder y seguir… jugando en el celular.

Cuando llegó Octavo tuve el impulso de decirle lo de mis entrañas. Pero no me daban los cojones. En cambio inicié una serie de actos subliminales para que él los interpretara. Aunque, no sé qué tan subliminal se pueda considerar la caricatura que pegué a mi carpeta de artística de dos muchachos tomados de las manos, o el libro de Jaime Bayly, o las respuestas que daba a todos los que pretendían joderme la vida:

-¿Es verdad que sos gay?
-No, el gay es mi novio.
-Ah, ¿Manuel?
-No, él…

Y bastaba ese nombre para que en realidad me jodieran la vida.

Sí, Manuel, ¿novio?, no, ¿qué carajos es eso? Aunque… no es disonante. ¡Ah!

Todo comienza a joderse a partir de aquí. Rumores, que no faltan en un colegio moralista y mojigato. Eso le molestó a él, también que otros llegaran a nuestro círculo íntimo del recreo para enfriar el Croissant de queso, para interrumpir el relato de la película en la mejor secuencia.

-Parecés una perra en calor. Todos andan detrás de vos. Y el resto cree que él marica soy yo.

Fue lo último que me dijo. De ahí en adelante el juego no cambió mucho, antes fue más confuso. Miradas vienen, miradas van.

-Natalia, dígale a Manuel que él sabe que yo lo aprecio y que él es mi mejor amigo.
-Mafe, dígale a Julio que él sabe… no, no le diga nada.

El día de la graduación prometí entregarle una carta, pero me pudo el miedo. Sabía que esta historia no sería la misma de haberlo hecho porque tendría un colofón. Aunque, también pienso en esa canción que dice que ‘los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí’. No sé que tendrá de particular esta historia, quizás nada y sólo la disfrute yo al escribirla, la primera puñalada que el amor nos da es la que nunca se olvida. Pero heme aquí, contradiciendo al señor Rodríguez y su canción, cómo le parece: la ha salvado el recuerdo, la ha narrado un zopenco.

Qué cosa más extraña, lo pienso ahora y su nariz no era tan difícil de recordar. Será porque me robé una de las fotos que estaban expuestas en la graduación, a la salida del colegio, de esas que toman los fotógrafos callejeros. Alguno de ellos tomó la única imagen que guardo de Manuel, y que me costó tantos años conseguir para que no se me olvidara su nariz, y me la vengo a encontrar fuera del colegio, precisamente el mismo día que supuse no lo volvería a ver.

Si tan sólo hubiese aparecido antes esa fotografía, o si yo hubiese…

Creo que así está bien. Yo le dije que estudiaría teatro, seguro se quedó creyendo en eso. Supongo que estudia algo con química, aunque sé que me miento: ‘nosotros, los de entonces, no somos los mismos’.

Mis planes por extraer al Trasatlántico del océano no transcendieron, las profecías de mis mentores se cumplieron al pie de la letra, el periodismo vino a reemplazar el vacío de talento para las artes escénicas, ya me inventaré un corcho para rellenar el agujero que me abra el periodismo. No todo está tan mal, al menos me acompañan esa fotografía y el golpe en la cara que me doy cada vez que huelo un Croissant de queso, o cuando veo una caseta con aviso de Coca-Cola en alguna carretera, o cuando los nervios me hacen temblar los labios, o las abejas vuelan a ras de suelo, o los muchachos que...

Huellas mnémicas, una duda y la gastritis erosiva; lo que me queda de Manuel, el asesino de abejas.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Hasta el cielo

-Alto, más alto.
-¿Hasta dónde?

Hasta el cielo, pienso, mientras mi hermana empuja más y más fuerte el columpio.

-¡Más alto!

Ella fue por helados, yo me fui deteniendo lentamente.

Hasta el cielo.

Estático permanezco aún sobre mi columpio, diez años después, cuando sé que es imposible arañar el cielo. Ya no espero el helado, en cambio tengo un cigarrillo por sonrisa y una cerveza en la mano izquierda.

Hasta el…

miércoles, 24 de junio de 2009

Ay, Este Azul.

“¡Ay!, este azul que les quiero contar cómo fue, por momentos se queda en mi piel, ilustrándome el paisaje aquél… ¡Ay! este azul, sólo quiere quedarse en mi voz como un duende mojando mi envés, este azul es un niño, tal vez” Ay, Este Azul - Pacho Cabral


I got the blues, es como se dice en ingles que se está triste, como melancólico. Por eso el Blues, y quizá también por eso Janis era tan triste, si vivía escuchando Blues día y noche hasta que se quebró. Su vida y su Blues Cósmico. Se quebró toda, pero quién diría, si siempre se la veía entre carcajadas. La bruja cósmica.

Qué bien suena esa expresión: I got the blues. Es como ponerse todo azul. Uno se imagina así y como que se le viene toda la nostalgia del mundo encima, todo el cielo pesa sobre uno.

I got the blues… algún día escuché decir a alguien que la nostalgia era un sentimiento enfermo pero muy fértil. Tenía razón. Los mejores poemas que he leído fueron escritos con la luz apagada, el sombrero colgado, llorados a lágrima viva como diría Girondo.

“¡Llorar todo el insomnio y todo el día!” Llorar a lagrima viva – Oliverio Girondo.

Debo confesar que me dan esos estados ocasionalmente. Es ridículo a veces, y sí, hasta enfermo. Se siente uno como una mierda de un momento a otro. Por cualquier cosa, por las cosas más patéticas que se puedan imaginar.

Y no es sentimentalismo, que me lo explique algún psicoanalista, pero sé que no es sentimentalismo.

A mamá le da ganas de llorar cuando escucha un redoblante sonar. Papá es todo un cangrejo encostrado, pero después de sus guaritos se vuelve todo blando y hay que decirle que se le quiere al viejo, si no resulta diciendo que la única que lo aprecia es la perra y se le salen las lágrimas. Mi hermana se queda dormida en los cines, pero siempre despierta en la parte más triste de la película, y sin saber que pasa se pone a llorar.

“Oh sit there, oh count those raindrops. Oh, feel ’em falling down, oh honey all around you” Little Girl Blue – Janis Joplin.


Que sentimiento más raro. A veces se vuelve más complejo. Entonces uno como que está sonriendo y se le riega el azul. Va uno todo tranquilo por ahí y escucha Summertime: ‘Honey, nothing’s gonna harm you’. Y uno sabe que es así. Nada, nada le va a hacer daño a uno. Y luego empieza la Joplin como arruyando: ‘Na, na, na…’, y dice ‘don’t you cry’ cuando uno ya está todo empapado.

Sí, que vaina tan hermosa, tan azul, pero ni siquiera oscuro. Como el Saudade en el portugués. Es una mezcolanza de todo un poco. “Saudade es la mirada perdida en el pasado, prendida a los recuerdos, es la nostalgia –que es un verbo, nostalgia es un verbo, todos lo sabemos- y un poco más, un poco de no se sabe bien qué cosa”. (Click aquí para leer Saudade (Sau-da-yi) por Lucas Vargas y Sierra)

No sé por qué escribo esto. Desde anoche estoy como azul, y con este sol ¡qué contraste!. Es como la bandera de este país, primero amarillo, luego el azul… Al amarillo se lo roban, pero quien quiere cargar con el azul de otro. El rojo… dejémoslo ahí.

Decía entonces que estoy azul, I’ve got the blues. Me entró nostalgia por algo muy personal. Lo contaré resumido para no extender más este escrito que se ha tornado sentimentalista y patético.

Cuando era niño mamá me ponía un cassette de Mercedes Sosa, una canción en especial: ‘Duerme Negrito’, y a mí me parecía que era la canción más triste y tenebrosa que pudiera existir. Que la mama está en el campo y no le pagan, que si no te duermes viene el diablo blanco y ¡zas!, te come la patica. Anoche la volví a escuchar después de mucho tiempo. Recuerdo que la escuchaba mucho y para acabar de ajustar, justo después de esa canción venía ‘Alfonsina y el Mar’. ¿Será de aquellos tiempos que se me viene pintando todo de azul?

Bueno, será ponerme a recordar mis cosas favoritas, apretar el botón de Fast Forward y escuchar otra vaina.

Aquí les dejo, a viva voz de la cantautora argentina, ‘Duerme Negrito’: