"Yo no sé hablar como todos, mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos,

de donde no es, de los encuentros con nadie.

¿Qué artículos de consumo fabricar con mi melancolía a perpetuidad?"

Alejandra Pizarnik


martes 18 de enero de 2011

Angel Lunatico, último post

Escribo esta entrada desencantadamente. Lo hago por la mera costumbre, por el ritual que merece el cerrar un ciclo. No pienso demasiado en este momento, dudo que lo haga realmente en algún otro. Pero así como los impulsos crearon y sostuvieron este blog por mucho tiempo, también han venido a clausurarlo. Las razones reales me las guardo, y disculpará el lector o la lectora que estuvo pendiente de este espacio, pero creo que así estuvo bien acá. Armada la casa –empezando por el tejado-, no queda más que cerrarla con llave, con el viento adentro y un arrume de paréntesis bien abiertos que seguramente se hastiaran de estarlo y se irán apareando unos con otros hasta cerrarse –o multiplicarse, no me importa-.

Agradezco a los que colaboraron todo este tiempo, a los que comentaron, a los desprevenidos, a los que se sin duda quedan en estas palabras que el mundo irá callando o relegando en algún rincón del ciberespacio.

Cierro con una frase que me gusta bastante y dice: “aún no he conocido al primer canario que haya dicho que va a dejar de cantar”. La tendré en cuenta, pero en otra rama.

Gracias,

Julio C. Londoño A.

lunes 4 de octubre de 2010

([{an.innocent.weapon}])

Espacio reservado a Janis Joplin

No, no se me iba olvidando. Reservo este espacio porque se lo debo. Así, entre paréntesis, corchetes y llaves…

Dentro de un falso libro escondido en un baúl que está guardado en un armario en una habitación cerrada con llave en una casa que se incendia, hay un arma inocente... resumiendo: en su garganta.

…paréntesis, corchete, llave.

Aquí lo escribiré, lo prometo:

miércoles 29 de septiembre de 2010

¡Bang!

¡Bang!

Y lo que alcance a imaginar. Le propongo dos opciones desde una misma ventana: a la derecha un nevado, a la izquierda, y más cercana, una cárcel.

El guardia, el procesado por violar a su hijastra, el que hace dos meses acuchilló a otro recluso cuando se recuperaba de una cirugía del corazón, un escapista reincidente o el desesperado por la prohibición de las visitas conyugales.

¿Quién disparó?

El nevado, un gato cau.te.lo.so caminando entre los carros del parqueadero, la bandada de pájaros que acaba de pasar chillando -no se ve, se escucha, esta noche se escucha: ¡bang!-, quizá yo que ahora escribo, o usted, si se somete a mi relato.

En todo caso hay un hombre muerto en la sala de este apartamento que es un octavo piso y tiene una ventana desde la que se divisa a la derecha un nevado, a la izquierda una cárcel, abajo un parqueadero donde maúlla un gato cau.te.lo.so entre los carros, y el silencio del cielo oscuro, fracturado por la bandada de pájaros.

¡Bang!

Eso le propongo. Y lo que alcance a imaginar.

Si, lo sé, soy el principal sospechoso al estar el hombre muerto en la sala del apartamento donde ahora escribo.

Ampliemos la escena del crimen: estoy recluido, realmente apresado en setenta metros cuadrados, a ocho pisos del suelo de una ciudad que de tanto empinarse está llena de huecos. Una ciudad fabricada para gatos. 571,84 kilómetros cuadrados cau.te.lo.sos cautelares, medida de aseguramiento, cárcel, empinarse-nevado, ahuecarse-correccional.

Caminar o escalar, da igual. No se va ni se viene, aquí se sube o se baja. Se trepa para mayor precisión. Es como caminar por un sardinel cuando se regresa del colegio y se juega a llegar a la esquina sin caer del borde de la acera, entonces se pone a prueba la estabilidad y de estar tan alto se altera el equilibrio. Sólo que en este caso no hay esquina, es un sardinel perpetuo. Y la nariz siempre fría, casi húmeda, como la de los gatos.

388.525 presuntos implicados, más yo. Súmese al censo.

Pero le miento, o no, juzgue usted mismo con lo que alcance a imaginar: el hombre está muerto en la sala de mi casa, la cárcel a cien metros, el nevado es un nevado o un volcán, depende de su culpabilidad, no estoy seguro de que lo que se mueve allí abajo sea un gato porque debe tener la nariz fría como también la tienen los perros. Gato, perro o lechuza, porque la lechuza parece un gato con plumas, o el gato es un búho con pelo y lo que grazna en la noche oscura puede ser entonces un gato emplumado o los gallinazos que esperan que el muerto se cocine más. Se multiplican los actores, se doblan sobre sí mismos. ¡Bang!

Pero usted es el único culpable de que esto no haya terminado como debía. O yo por dejarlo todo a su imaginación que se ha mostrado tan obstruida esta noche. Lo que alcanzó a imaginar no le permitió siquiera acercarse al cadáver de aquel hombre, por eso no reparó en la ventana en perfecto estado, sin una posible intromisión de una bala perdida que llegara desde afuera: de la cárcel o el volcán –de ser culpable-, o desde los otros trescientos ochenta y ocho mil y tantos otros posibles francotiradores externos.

No, no le ha generado sospecha la falta de sangre, ni ha pensado en como escribo tan tranquilo con estos dedos sobre el teclado, todo tan limpio. La escena tan púdica, tan falta de sirenas y de persecuciones.

Afuera, un tiro al aire para aterrorizar a los reos, o a los pajarracos que husmean en la huerta de la cárcel. Un jadeo del nevado que hace tanto fue volcán y sepultó a todo un pueblo. Abajo: gato, perro o lechuza, maúlla, ladra o ulula. Aquí a mi lado, la caída de un hombre que muere de infarto, de muerte lejana, aplastado por la vista desde esta ventana sobre la que escribo, pobre víctima de las coincidencias o de los atardeceres de esta ciudad. Al unisonó, todos:

¡Bang!