"Yo no sé hablar como todos, mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos,

de donde no es, de los encuentros con nadie.

¿Qué artículos de consumo fabricar con mi melancolía a perpetuidad?"

Alejandra Pizarnik


lunes, 8 de diciembre de 2008

Tele-vicio Placebo

"Creo que la televisión es muy educativa.
Cuando alguien la enciende me voy a leer un libro"
Groucho Marx


¿Qué sería del hombre sin el control? Pero no ese que se ejerce sobre otros sino el que verdaderamente te hace sentir poderoso. Un botón y tienes el mundo a tus pies, dispuesto a cambiar ante tus inestables estados de ánimo. Ese control que sentimos nuestro, aunque pertenezca a los expendedores de imágenes al otro lado de la pantalla, esos que están allí con más botones aun, con cámaras y lucecitas deslumbrantes. Son ellos, los que estiran la realidad y la mano para entregarte el placebo y saciar tus ansias de matar la cotidianidad, los verdaderos dueños del control y de la conciencia.

El control sobre la mente colectiva, sobre la tele, ese deslumbrante invento que comenzó con el planteamiento sobre la fotoelectricidad y ahora es una cajita llena de gasecitos mágicos. “El hombre, con cierta razón, le teme a la oscuridad, al silencio y a la soledad […] La televisión, creo, debe su éxito a que nos libera de una sola vez tanto de la oscuridad, como del silencio, como de la soledad” [1], el éxito de la televisión radica en el sedentarismo mental de los consumidores, quienes encuentran en ella una compañía inerte y casi manejable, y sobre todo, de menos cuidado que una mascota. Héctor Abad Faciolince la compara exactamente con un canario, expresando que “a un canario se le puede pedir que sea amarillo, que cante y que se mueva, pero a nadie se le ocurre exigirle que sea inteligente” [1].

No se ha dicho que los buenos inventos sean útiles, o que suplan una necesidad. Si practicamos por cinco minutos el deporte de los tiempos contemporáneos -zapping-, fácilmente deducimos que no hay muchos nutrientes en la bandeja de programación que dispone la agenda televisiva; por lo que es mejor tomar un buen libro y sentarse a leer, lo que para muchos supone una actividad ardua, si se tiene en cuenta que para ver tele no hay que digerir demasiado.

Desde un comercial, pasando por los lánguidos noticieros y llegando a los remojados melodramas, encontramos un libro sin letras, una caja resonante y emitente de realidades relatadas, sesgadas.


Televicio Placebo: La telenovela.

En una sociedad exagerada, de matices tan variantes, el espectáculo no tiene sentido porque todo es ya particular; así que toca inventarse la magia. Es así como nace, entonces, la telenovela, el género televisivo latinoamericano por excelencia.

Jesús M. Barbero y Germán Rey, opinan que la telenovela es el lugar donde se hace posible representar, mínimamente, la historia que no presentan los noticieros, “mientras los noticieros se llenan de fantasías tecnológicas, y se espectacularizan a sí mismos, es en las telenovelas y dramatizados donde el país se relata y se deja ver” [2]. Opinan además, que el avance en este género televisivo es visible en la mutación que sufrió desde los setentas hasta los noventa. De los dramatizados semanales como El cuento del domingo, donde la experimentación estética y narrativa es notable debido a la dirección por parte de personajes dedicados al teatro, se pasa a las producciones diarias, el caso de Café donde se comienza a definir un lenguaje particular de la televisión, distinto al cine y al teatro. Estos dos académicos consideran que la telenovela no es tan mala como muchos creen, por el contrario, es el espejo de la sociedad, es el género necesario para crear identidades y pulirlas al tiempo; la telenovela como medio de expresión popular.

Por otro lado, personajes como Claudia Ruiz Arriola y Héctor Abad Faciolince, consideran la televisión, hablando específicamente de la telenovela, como una aversión cultural, un sedante cerebral. Abad apunta a que nuestra modorra mental se ha alimentado de pésimas telenovelas, convirtiéndose en un mal casi necesario. A los cultos los banaliza la tele, mientras a la masa al menos les suple sus carencias académicas. De fondo, en la gloria de estos programas, se esconden varias cosas. Podríamos decir que son el reflejo de realidades que los noticieros no abarcan, o no se atreven a hacerlo; también podríamos suponer que es la manera en que los medios crean imaginarios para homogeneizar la identidad nacional, un tipo de control de algún modo útil para intereses particulares.

En el escrito La telenovela o el bienestar en la incultura, Abad supone el triunfo de la telenovela como el triunfo de los ideales burgueses, “El triunfo de las expectativas, la moral y las perspectivas vitales de la pequeña burguesía”. Lo anterior lo explica con un ejemplo puntual: En la Rusia pre Gorbachov, las amas de casa veían atentamente las importadas telenovelas latinoamericanas, lo que para Abad significaba la victoria de un cambio de mentalidad. El éxito de estas producciones era muestra de que los sueños burgueses seguían vigentes a pesar de los sometimientos marxistas. La identificación de las rusas con estos cuenticos criollos recae en que la pequeña burguesía es una clase idéntica en todas partes, la telenovela es entonces una “epopeyita pequeñoburguesita”, define Abad Faciolince.

Pero, ¿Cuál es la causa del éxito en estos programas, si son todas iguales? Umberto Eco explica que el televidente encuentra dinamismo en ver que lo que él había previsto se cumple, esto se debe no necesariamente a una mente astuta, sino a los imaginarios ya desarrollados por historias anteriores, por la repetición en la estructura y las acciones en estas narraciones.

Así es como la historia nacional se ha llenado de relatos inventados y de estereotipos malogrados, nuestros héroes nunca serán reales, nunca lo fueron, tenemos la condición de las sociedades pequeñas, la exageración. Pasamos de aquellos híper exaltados personajes de la independencia, los mismos de la patria boba, a los que cada noche vemos triunfar, sin castigo, gracias a sus polvos ilícitos; y ni hablar de las teorías que noche a noche aprendemos: sin tetas no hay paraíso; el que reza y mata, empata; la plata es un aceite que cualquier tornillo afloja…



Medios de Des-Información

El papel del periodismo no ha sido uno distinto que inspeccionar, fiscalizar los estamentos públicos. Por algo se le ha denominado muchas veces como el cuarto poder de un estado. El periodismo debe velar por mostrar a los nacionales los movimientos políticos y la corrupción.

Es rebatible el decir que la corrupción es un tema de hoy, como lo expresan Jesús M. Barbero y Germán Rey, pues es una temática tratada a lo largo de la historia del periodismo, cualquiera que sea su presentación (Prensa, Radio o Televisión). En el libro Los ejercicios del ver se expresa: “Si en el pasado su fortaleza estaba en cuidar a cualquier precio su privacidad ahora lo está en acomodarse con cinismo a la visibilidad”. La corrupción siempre ha estado allí en la agenda mediática, sólo que se vale de los mecanismos de estos para lograr sus fines. Basta con revisar los periódicos de 1928 para encontrar la anémica información sobre la Masacre de las Bananeras. Ni que decir de los tantos sesgos que se le han hecho a los medios por parte de políticos corruptos, actores paraestatales, amenazas subversivas e intereses de lo privado.

La televisión informativa ha sufrido grandes cambios. Si comparamos un noticiero de la década de los ochenta con uno de la actualidad, es evidente, obviamente la tecnificación, y más aun el manejo parcial de la información. En décadas pasadas la televisión informaba mas cuidadosamente de los hechos, sin valerse del lenguaje televisivo para editarlos. Ahora encontramos un panorama muy diferente, los medios han apelado a sus intereses privados, lo que convierte a la noticia en un bien particular que imposibilita el acceso a una información amplia y poco contaminados.

Puntualizo al ilustrar con el caso de la senadora Piedad Córdoba y el tratamiento que se le da en los medios, especialmente en RCN. Alguna vez esta senadora denuncio el atropello mediático que se le había dado a ella por su postura antiuribista y planteamientos con visos socialistas. En cierta ocasión la senadora pronunció unas palabras que rezaban algo como que ella estaba de acuerdo con el proyecto expansionista de la solidaridad, el amor y los derechos; a lo que el medio editó dejando las palabras a medias, dando a entender que la senadora estaba de acuerdo con el proyecto expansionista que promulga el presidente Chávez en Venezuela. Lo anterior es prueba del trato a la información y la conveniencia que tiene para intereses particulares. Luego del incidente la senadora respondería con diatribas hacia el canal y al grupo Ardila Lülle.

Como este hay otros ejemplos claros, como los ya enunciados en el texto de Rey y Barbero: El proceso 8000 y la confrontación en Las Delicias. Ellos apuntan también a que “La visibilidad que ofrecen medios como la televisión es casi siempre paradójica: no responde a un ideal de total transparencia sino que es el resultado más o menos ambiguo de la intersección entre información y desinformación, verdad y artificio, montajes ritualizados y espontaneidad”. La guerra narrada como un gran relato, pues así no pierde actualidad, el relato no se agota, mientras la noticia se desecha cuando deja de ser nueva. Una sociedad hecha relato se convierte en un gran melodrama, la telenovela latinoamericana.

¿Y si armamos una guerra? Una guerra mediática. Seria genial hablar de “La Revolución de los Botones”, todos al tiempo tecleando directo a la caja, pidiendo por más anestesia. Así los del otro lado perderían la cordura -y el control-, ya no nos divertirían mas, seriamos animales hambrientos de propaganda y nueva tv, y ellos ciervos indefensos corriendo por refugio.

Sin embargo la vida sigue igual, es incomodo entenderla en negativo. Por esto, por esa condición de seres conformes ¡Nada Haremos! Todo seguirá igual, nosotros con nuestros botones y ellos con el control…
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[1] Héctor Abad Faciolince: La Telenovela o el Bienestar en la Incultura. Revista Número 9 (1996), 63 - 68.

[2] Jesús Martín-Barbero, Germán Rey: Los Ejercicios del Ver (2000), Capitulos 4 - 6.

1 comentario:

  1. Que bien que te haya servido el documento de Hectorcito que te pasé, es que Abad si lo tenés metido hasta en la sopa este semestre jajaja
    Me encantó el enfoque que le diste a la reseña, haces un paralelo poco convencional, y no endiosas el pasado, simplemente pones en la mesa los elementos que jugaban en la television antes y ahora, es un buen ejercicio de restrospectiva. si bien la tele de ahora en colombia no es el mejor exponente de cultura pues es cierto que es el reflejo de un comun denominador de la sociedad, no se le pueden pedir olmos a un manzano (o peras a un olivo? como era? whatever), pero no nos podemos quedar en esa posición pues es el facilismo que tanto criticamos, empezar a evaluar estos puntos de reseña es un buen punto de partida para sentar las bases de un buen sistema de comunicación. Tal vez sea algo utópico, pero qué sería de la realidad sin utopías?
    Saludos, y muchos éxitos en tu trabajo, trucha frita te tiene que poner buena nota o si no... Muajaja
    TVB

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